Posted By Fernando on 15 julio, 2010
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Cuéntame un cuento
El 10 de Octubre de 1980, en el bar de la facultad, un día que decidimos no ir a clase, alguien que estaba comenzando a convertirse en mi amigo me contó una historia. Estudiábamos Filología Hispánica, y los dos soñábamos con convertirnos en escritores el día de mañana. Esa misma tarde, en casa, transcribí al papel, en primera persona, como si yo fuera él, y en honor a la historia que me había contado, en consonancia con ella, eso que él, mi amigo Fernando, me contó. Literal, sin corregir una sola palabra, valgan los errores de la inexperiencia, así la presento ahora, solo trato de contar una historia.
“Aquello fue demasiado, tío, se nos quitó la borrachera de golpe, y eso que íbamos bien listos, sobre todo ellos, yo con el alcohol me controlo más. También habían caído unos cuantos canutos, cayó media postura, más o menos lo de siempre, ya sabes, costo el que haga falta y más, pero pastillas y papelinas ni una, de eso no comemos, en fin, que por mucho que fumásemos cuando Salvador acabó su historia fue cuando realmente empezamos a alucinar. No te lo vas a creer, ya lo verás, pero mejor empiezo por el principio, que si no te vas a hacer un lío.
Habíamos ido, como siempre, al refugio de Cercedilla, al primero, ya sabes, antes de empezar el camino Smith, lo de andar es para los montañeros, los antiguos de la OJE y los boys-scouts, menudos pringaos, nos cruzamos con un par de grupos, todos en fila y uniformados, nos adelantaban, ellos a su paso, al ritmo, uno, dos, uno, dos, parecen militares, nosotros pasándonos la litrona.
Cuando llegamos al refugio no había nadie, menos mal, todo para nosotros, si no habríamos tenido que subir al de más arriba, o plantar la tienda que era más chungo, pero tuvimos suerte. Nos fumamos un porrito y la mayoría se fue a buscar leña, yo me quedé con las tías, con Patricia y Lola, Alba se fue con Javier, no se separan ni para mear, nosotros nos encargamos de ir encendiendo el fuego con pequeñas ramas, trayendo agua del río, no te rías, de vez en cuando también bebemos agua, sobre todo a la mañana siguiente, en fin preparándolo todo. Ya te imaginas, una juerga de cojones, eso es lo que era, un día de estos te aviso con tiempo y te vienes. Total, ya no somos los de siempre, los del barrio, Javier empezó invitando a Alba, una tía es una tía, pero el otro día invitó a su primo. Tenías que conocer al colega, joder, no he conocido un tío más raro en toda mi vida. Más serio que un rott-weiler, y callado como él sólo, no le sacabas una frase así se muriera. Creíamos que estaba ya más ciego que otra cosa pero que va, por lo visto es que es así porque cuando habló bien que cascó el tío. Ya verás, te vas a quedar flipao.
Después de cepillarnos los bocatas Daniel se puso como siempre a tocar la guitarra y nosotros a tararear las canciones, inventando estrofas en plan cachondo, en plan bestia me refiero, Lola se descojonaba, y a Patricia yo creo que hasta la ponían caliente, por cierto las dos tienen un polvo de los buenos, Alba también pero esa ya está cogida, como Javier se entere de que alguien le echa los tejos le pega un mandoble que le deja seco.
El fuego estaba ya bien alto, como a mí me gusta, de vez en cuando saltaba una chispa o crepitaba una rama, se dice así, crepitar, ¿no?, yo crepito, tú crepitas, el crepita, ¿no?, bueno, el caso es que el refugio estaba ya bastante caldeado, y nosotros también, la cerveza se había acabado pero después de cenar le entrábamos siempre al whisky con coca-cola, por cierto del primo de Javier ya te he dicho, Salvador se llama, parecía un búho, como el chiste, hablar no hablaba pero se fijaba un montón, y el colega trasegaba como una esponja, yo cada vez que miraba le veía el vaso lleno, lo que pasa que no iba a estar contándole los tragos. Whisky y coca-cola había de sobra aunque a mí me tenía un poco preocupado. Javier nos había dicho que estaba deprimido, no sabía porqué, pero que necesitaba desahogarse, descontrolar un poco. Su madre era viuda y él trabajaba desde los quince años, casi no salía los fines de semana, y no sólo porque no tenía muchos amigos sino porque se los pasaba trabajando. A mí la verdad que me pareció patético, el pobre, aunque me cayó simpático.
Daniel templaba la guitarra entre canción y canción y yo me hacía una trompeta cuando Pedro dijo que estaba hasta los huevos de ser hippie. Todos le miramos un poco alucinados. Le preguntamos qué quería decir. “Sí, coño, a ver si hacemos algo distinto de una puta vez, siempre lo mismo, el costo y la bebida en el centro, nos ponemos hasta el culo y cantamos canciones de Bob Dylan y Joaquín Sabina hasta que estamos tan ciegos que ni sabemos lo que decimos. Si hasta se nos está poniendo cara de boy-scout, coño”. “¿Y qué quieres que hagamos, Perico?”. “Yo qué sé, podíamos bañarnos en el río, en pelotas, o montar una orgía, ya sabéis a lo que me refiero, eh moninas” –dijo mirando a Patricia y Lola que, divertidas, le miraban a él. Alba miró a Javier, se apretó más a él, y a mí me pareció que se asustaba. Ella nos conocía menos, no llevaba ni tres meses saliendo con Javier y aunque no era ninguna sosa, supongo que no le apetecía ser compartida por todos, si es que llegó a pensar que éramos capaces de hacerlo. Pero Patricia y Lola estaban con nosotros desde chinorris, y conocían a Perico y las bromas de salido que hacía. Aparte de que en las fiestuquis, yo creo que todos, en un momento u otro, en uno de esos pedos interesantes, nos hemos llegado a morrear con las dos. Ya te digo, son unas tías estupendas, las conocemos desde los doce años, sin ellas la pandilla no sería la pandilla, pero ahora tenemos veinte y no sé si la propuesta hubiese llegado a cuajar. Un póker de prendas puede, hasta un cierto punto, pero no sé si se prestarían a más. Tampoco son unas lumis, eh, cuidado, que son buena gente.
El caso es que nadie estaba por la labor. Patricia y Lola se rieron, “ya está este pensando en lo único, hazte una gayola, coño, y déjanos en paz”, le dijo Patricia, y no me acuerdo de quien fue quien le dijo que si se bañaban en el río, con el frío que hacía, se le iba a quedar más chica que un palillo.
Yo me levanté y fui a coger un leño gordo, quería reavivar el fuego. Cuando estaba de rodillas, recomponiendo los troncos, les dije que podíamos contar historias. “Ya está el escritor. ¿Historias de qué?”, me preguntó Javier. “Yo que sé, historias de amor, de miedo, de misterio, seguro que conocéis alguna”. Alba preguntó si tenían que ser verídicas. “No sé, yo creo que basta con que lo parezcan, qué más da si nos las inventamos, o nos han pasado a nosotros, o las hemos leído en algún sitio, el caso es cómo se cuenten, y que sean interesantes, o que sean interesantes por cómo se cuentan”.
“A mí me parece bien”, dijo el primo de Javier. “Hostias, estabas aquí”, dijo Daniel sonriéndole. “Sí, bueno, es que no hablo mucho pero os estaba escuchando, yo creo que puede ser divertido”. Patricia dijo que podían ser de amor. Y Perico, sarcástico, le dijo que de amor serían una horterada, “¿acaso estás leyendo a Corín Tellado, guapa?”. “Cállate, gilipollas, tampoco digo en ese plan, que sean de amor pero con algo especial, algo morboso o así, tu seguro que salías por lo porno”. “Bueno, tía, tampoco hace falta que te pongas así, no te enfades, venga, te invito a un cubata”. Patricia le acercó el vaso, sonriendo, y Perico preguntó si servía a alguien más. Salvador le acercó su vaso y tímidamente le pidió que le sirviera. “Tú no te cortes, chaval, con nosotros no te cortes que entonces vas de culo”.
“¿Quién empieza?” –insistí yo. “ Yo mismo”, dijo Daniel. Dejó la guitarra a un lado y a medida que contaba la historia que ya tenía en la cabeza, parsimonioso, lento, haciéndose interesante con sus silencios, se hacía un porro. Contó la historia en primera persona y como si fuera una mujer. A mí me sorprendió. La historia se desarrollaba en algún lugar de Inglaterra. Una institutriz llegaba a una de esas grandes y solitarias casas de campo para cuidar de dos enanos, de unos 10 años. Sin embargo la institutriz, que era un poco paleta y nunca había salido de su pueblo, y que debía estar algo ida de la chota, se empezó a comer el tarro con la antigua institutriz de la casa, que por lo visto estaba quedada con el que cuidaba los caballos, un tío con unas patillas que te cagas. Querían mucho a los niños, y los niños también les echaban de menos. Los dos la habían palmado, uno detrás de otro, el año anterior a su llegada. La institutriz comenzó a verles por toda la casa, creía que querían llevarse a los niños con ellos. La nueva institutriz se había encariñado tanto con los niños que tenía que defenderles de sus propios comecocos, los de ella. A la niña no consiguió convencerla pero al niño sí, lo tenía en sus brazos cuando reconoció, muerto de miedo, que también él veía a los fantasmas, y nunca mejor dicho porque al momento el niño la palmó en los brazos de la institutriz, y la única explicación posible es que había muerto de miedo. Cuando Daniel acabó todos le aplaudimos. Había puesto el listón bien alto.
.- Joder tío, no sabíamos nada de tus dotes narrativas. Para estar en químicas ya te lo montas.
.- Es un libro que he leído hace poco. Se llama “Otra vuelta de tuerca”, de Henry James. Mola.
Después fue Perico el que, muy en su línea, y también en primera persona, nos contó, dijo él, la primera vez que echó un polvo. A Perico sí le conoces y es verdad que siempre está hablando de lo mismo. Está más salido que un burro, pero te ríes. Todos sabíamos que era mentira lo que contaba, imagínate, una tía despampanante, 25 años, en la playa, el verano pasado, alemana, o sueca, no recuerdo exactamente, aunque me parece que primero dijo sueca y luego alemana, por eso no nos creíamos nada, aparte de por contarlo él, pero lo contaba con tanta gracia, parecía que lo estaba viviendo, el tío, una noche de pasión de esas que no habrá ni soñado, el caso es que nos dice que se portó como un hombre, la tía le pedía más, debía ser multiorgásmica, decía Perico, joder, no le bastaba, os lo juro, le eché cuatro seguidos y la tía aún no se cansaba, no sabíamos si descojonarnos abiertamente o mandarle a la mierda pero el caso es que era divertido, de repente nos dice que en el último polvo él cumplió igual, la otra parecía que se le deshacía de gusto, nunca había visto a una tía así, se quedó tiesa de placer, Perico sabía que él valía para eso, para dar gusto y matar de placer, lo decía mirando a Lola y Patricia, pero con vosotras me contendré un poco, moninas, os lo juro, la otra se quedó tiesa, pero tiesa, literal, cuando después de un rato la otra seguía sin decir nada Perico se asustó, la zarandeó y nada, cuando se le ocurrió poner el oído en el corazón de la otra, en plena teta, igual, no se oía nada, dijo que miró a todos lados para comprobar que no había nadie y salió corriendo. Al día siguiente su madre le despertó diciéndole que habían encontrado desnuda, y muerta, a una escandinava en la playa, no lejos de la discoteca.
Nunca pensé que diera para tanto el juego de contar historias. Pero es verdad, hay más gente de lo que parece que sabe contar historias. Felicitamos también a Perico, aparte de vacilarle un poco asombrándonos de su poderío y Salvador, que a todos nos parecía que ya estaba dormido porque escuchaba con los ojos cerrados, aunque de vez en cuando seguía echando un trago de su vaso, nos sorprendió entonces a todos. Se levantó con un cierto esfuerzo, fue en lo único que se notó que había bebido demasiado, bueno, en eso y en lo que nos dijo y nos contó luego, sin estar pedo no creo que lo hubiera hecho. Pero la voz, aunque sonaba acartonada, se le oía bien, y no perdía el hilo.
.-Yo también tengo una historia de amor y muerte, aunque la mía es real. Y también sucedió este verano, aún así no sé si debo contarla. Estoy a gusto con vosotros, pero no sé luego que pensaréis de mí cuando la haya contado.
.- Venga Salvador, enrróllate, qué vamos a pensar, pues nada tío, da igual.
.- No, no da igual, es demasiado rocambolesca para que dé igual, es demasiado fuerte.
.- Joder tío, decídete, si has dicho que la tienes, la tienes que contar. Ahora no nos puedes dejar en ascuas.
Con las mismas yo me acerqué y removí el fuego, le pedí a Javier que me acercara más madera, lo avivé, y mientras lo hacía, de rodillas, Salvador de pie junto a mí, le dije:
.- Venga, Salvador, con este fuego tenemos por lo menos para un par de horas más, enrróllate. Siéntate y empieza –no sé si fui yo quien logré convencerle o si él se convenció a sí mismo por no poder aguantar más tiempo con esa historia en su cabeza, pero contestó de acuerdo y se sentó. Todos esperábamos expectantes.
Trabajo en un hospital, en La Paz, bueno, trabajaba hasta el verano pasado, porque debido a lo que ocurrió me echaron. No sé si lo habéis leído en el periódico. Nunca he salido con una chica y mi vida ha sido siempre trabajar y estar con mi madre, que es viuda. No pude estudiar, como vosotros, o divertirme, como vosotros, y además, ya lo veis, soy más bien callado y aburrido. Siempre he pensado que a ninguna chica le apetecería estar con un tío tan triste como yo, y encima mi trabajo no es de los que se pueda contar cosas interesantes sobre él. Tampoco es que sea guapo que digamos.
.-¡Qué dices hombre!, tú estás bien, no te amargues –le dijo Patricia para animarle. Tampoco entendíamos porque no se podían contar cosas de su curro.
.- Gracias, Patricia, pero bueno, sigo. Mi trabajo consistía en embalsamar a los cadáveres. En los hospitales se muere mucha gente, y hay que adecentarles antes del entierro, para la capilla ardiente. Traían el cadáver a la habitación donde yo estaba, que ya os imagináis que está en el sótano, en la misma sala de los velatorios, en definitiva trabajaba solo y en silencio, o si preferís, rodeado de muertos. Los familiares de los muertos hablan en voz baja, ya os podéis suponer, yo de vez en cuando oía murmullos, sí tenía la puerta abierta, pero también por respeto prefería cerrarla, no fuera a ser que alguien, por equivocación, entrara y me viera manipulando al muerto, no hubiera sido agradable.
Entre los muertos hay de todo, todos morimos, o moriremos, lo lógico es morir de viejo, pero también hay gente que muere antes de tiempo, si así se puede decir, por accidente, por un accidente, o de una enfermedad de esas que no esperas. También hay niños que mueren, y jóvenes, como nosotros.
Bebió un trago de su vaso. Nos miró a todos. No sé qué vio en las caras de los demás, la mía era de impaciencia por seguirle escuchando, me estaba metiendo el miedo en el cuerpo, y también a algún otro de los colegas, eso fue lo que debió ver, desde luego el tema era sombrío, y hablaba con tanta seriedad que daba palo, pero yo estaba deseando que siguiera. Su voz era igual de lúgubre y sombría, pero nos tenía encandilados, al que más y al que menos se le había quitado el pedo de repente. Alba se apretaba aún más a Javier. Y Patricia, que había empezado a escucharle tumbada sobre las piernas de Daniel, se reincorporó. Sin embargo él nos miró a todos y dijo que prefería no seguir, que comprendía que no fuese un tema agradable de contar. Como un resorte todos protestamos. “Está bien, continuo, pero luego, si tenéis pesadillas, no digáis que no os avisé”.
Como os decía la muerte no sabe de edades. Este verano trajeron a una chica, en la ficha que viene con ellos vi la edad, 22 años, y no hace falta que os diga lo guapa que era, parecía un ángel, pensé que el mundo era injusto, que no había derecho a que hubiera muerto, encima de un paro cardíaco, algo que no suele suceder entre los jóvenes. Le acaricié el rostro. No sé porqué me dio por pensar que no estaba muerta, solo dormida. No sé porqué pensé que si algún día tenía una novia me gustaría que fuese como ella. Y entonces pensé cómo sería ella, cómo habría sido, pero no físicamente, claro, me refiero a su carácter, a su personalidad. Pensaba cómo sería ella cuando despertara mientras seguía acariciándole, la cara, las manos.
Comencé a hacer mi trabajo, empezando por desnudarla, sin embargo, cuando mis ojos la vieron completamente desnuda, no puedo deciros porqué mi cuerpo reaccionó de la manera en que lo hizo, y mi mente, de manera paulatina, comenzó a hacerse eco de esa llamada que mi cuerpo le hacía. Lo siento, no puedo saber porqué, tengo miedo de mí mismo, me han llamado raro muchas veces, pero esto no es cuestión de ser raro sino de estar enfermo. Pensé que nunca iba a tener la oportunidad de conocer a una mujer tan bella, para mí era la mujer más guapa del mundo, pensé que estaba dormida, como en el cuento de La Bella Durmiente, y también pensé que un beso mío la despertaría. Pero detrás de uno vino otro, sus labios parecían abrirse a mí, aunque era yo el que con mi lengua los abría. No puedo contar más, no quiero entrar en detalles, podéis imaginar que hice el amor con ella, y esto, con ser suficiente, no es lo único que quería contar. Sé que no lo vais a creer, pero en el mismo momento en que yo me desvanecía, exhausto, sobre ella, ella despertó. Sí, despertó, y no sé qué decir, si despertó a mi deseo, al deseo de que ella solo estuviese dormida y eso fue lo que la hizo resucitar, o despertó porque no estaba muerta, porque nunca lo había estado, solo en coma y alguien había equivocado el diagnóstico, o las máquinas que dan señales de los movimientos en los enfermos en coma sufrían alguna anomalía. Ella despertó, abrió los ojos, me miró, me preguntó quien era, le dije como me llamaba, Salvador, me preguntó qué había pasado, qué hacía allí, porqué estaba desnuda, mientras me vestía le dije que nada, no había pasado nada, espera un momento, tu ropa está sobre la mesa, yo enseguida vuelvo, y muerto de miedo fui corriendo a avisar a un médico.
Al volver con un médico al que conseguí convencer de mi historia, o al menos que tuvo la paciencia de acompañarme, ella seguía desnuda en la sala de embalsamamiento, pero también seguía con los ojos abiertos, al menos no quedaría como un mentiroso, pero en el primer reconocimiento el médico también descubrió los restos de semen. Me echaron del hospital, la familia me ha denunciado, ella sigue viva aunque el tiempo pasado en coma le ha dejado secuelas psíquicas pero vive, y cuando la volví a ver, a escondidas, en los días siguientes, ella me reconoció, desde el cristal desde el que yo la miraba ella me vio, y puedo aseguraros que me dijo gracias con los ojos. Sin embargo aquí estoy, sin saber si a lo único que tengo derecho es al desprecio. Vosotros, y ellos, sois los que juzgáis una mente enferma, pero llena de amor.
Salió del refugio a encontrarse con el frío. Después de un rato Javier se levantó y fue a buscarle. Ninguno de nosotros sabía qué hacer, aquello había sido muy fuerte. Sin embargo, como la pandilla que éramos, al ver a Javier levantarse nos miramos los demás y, sin que nadie dijera nada, nos levantamos todos, salimos fuera y uno por uno le abrazamos. Y Patricia, la última, le estampó un beso en la boca y se abrazó a él, y después le dijo que dejara de llorar, que esa noche iba a conocer a una mujer.
El 10 de Octubre de 1980 le dije a mi amigo que todo eso que me había contado solo podía ser mentira, que todo se lo había inventado. “Pues claro”, me dijo, “¿qué te habías creído, que crees que es la literatura sino ficción disfrazada de realidad, panoli?
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